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LA SUPERIORIDAD DE LA MARINA JAPONESA EN LA II GUERRA MUNDIAL

 

Tras el estallido de la II GM en septiembre de 1939, las espectaculares victorias alemanas llevaron a los EEUU la misma inquietud sentida en la Gran Guerra apenas 20 años antes. La inquietud de de encontrarse con una Europa bajo dominio germano, lo que supondría un grave quebranto económico para las finanzas norteamericanas y un aún mayor descalabro político. En 1940, la situación cambió radicalmente al someter las tropas alemanas a Francia, con lo que ya sólo quedaba Gran Bretaña para mantener aquella "guerra equivocada", y la posición del viejo león británico era más que desesperada, ya que salvo el agua del baño y el carbón para calentarlo, los británicos debían importar todo lo demás, desde el trigo hasta el petróleo por mar. Gran Bretaña no podía aguantar mucho tiempo y cuando se hundiera se llevaría con ella las enormes inversiones norteamericanas y la primacía económica e industrial del mundo anglosajón. Por ello, EEUU no estaba dispuesto a permitir que sus "primos" europeos cayeran bajo el dominio alemán. En 1940, la administración norteamericana sabía que la guerra era la única posibilidad que quedaba. Y se dispusieron a afrontarla con todas sus consecuencias.

Además de prestar a Gran Bretaña toda la ayuda posible vendiéndoles las materias primas que necesitaban con créditos, fletando mercantes para transportarla e incluso protegiendo los convoyes con sus propias naves de guerra apropiándose por la fuerza de casi todo el Atlántico norte y anunciando que hundirían a cualquier nave alemana que encontraran (a esto le llamaban "neutralidad"), la administración del señor Roosevelt comenzó a empujar al Japón hacia la guerra bloqueando las exportaciones que Japón necesitaba. Esta política no era nueva. A partir de la I GM, EEUU comenzó a considerar a Japón una amenaza para sus intereses económicos y desde entonces, el trato que las sucesivas administraciones norteamericanas dieron al país del sol naciente fue cada vez más humillante para los japoneses. Japón ponía en peligro los intereses norteamericanos en China y EEUU no iba a permitirlo de ninguna manera. En 1941 la situación era insoportable para el Japón que sufría un embargo económico al que no podía hacer frente mientras la administración Roosevelt daba cada día una vuelta más de tuerca. En tal punto, a Japón sólo le quedaban dos opciones: o retirarse de China dejándola en manos norteamericanas o ir a la guerra. La Marina era partidaria de llegar a un acuerdo, pero el Ejército se opuso y presionó con todos sus medios (incluido el asesinato) a la Marina. EEUU, que conocía las claves de las transmisiones secretas niponas, se dispuso a echar aún más leña al fuego apretando más la tuerca hasta asfixiar la economía japonesa a finales de 1941. Roosevelt deseaba la guerra y nada iba a impedírselo. La diplomacia japonesa, alentada por la Marina, trató desesperadamente de buscar una solución de compromiso, pero la administración norteamericana se negó a tratar ningún acuerdo y dio un ultimátum al gobierno japonés del belicoso Tojo: o Japón se retiraba de China o continuaría el embargo económico. El Ejército, ahora con el control del gobierno en sus manos, decidió ir a la guerra sin darse cuenta de que caían en la hábil trampa tendida por el muy inteligente y hábil presidente norteamericano.

Ante esta situación, el almirante Isoroku Yamamoto, comandante en jefe de la Flota Combinada Japonesa que había sufrido varios intentos de asesinato por parte de agentes del Ejército, tuvo la pesada tarea de conducir a su país a la guerra. Yamamoto, hombre de gran inteligencia, advirtió desde el primer momento las consecuencias que tal conflicto tendrían sobre su nación. Él conocía en persona la inmensa capacidad industrial de los EEUU y sabía que Japón jamás podría ganar esa guerra e incluso advirtió al gobierno que Japón no estaba en condiciones de resistir una guerra así más de 2 años, por lo que, rotas ya las esperanzas de lograr un acuerdo, se dispuso a comenzar la guerra dando a EEUU un golpe tal que colocara a Japón en buena posición para negociar "una paz honorable para ambas partes". Yamamoto sabía que el pueblo norteamericano estaba mayoritariamente en contra de la guerra, por lo que planeó un ataque a la escuadra norteamericana del Pacífico fondeada en Pearl Harbor que acabara de un golpe con la capacidad combativa norteamericana en el Pacífico e hiciera que el pueblo, ante tal desastre, exigiera la paz.

Su plan se cumplió... pero más de 30 años después, en Vietnam.

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El almirante Isoroku Yamamoto

El ataque llevado a cabo meses antes por el almirante Sir Andrew Cunningham contra la escuadra italiana fondeada en Tarento fue el modelo que abrió los ojos a Yamamoto. Allí, un portaaviones británico había lanzado unos pocos aviones torpederos consiguiendo inutilizar a los acorazados italianos. ¿Qué ocurriría si él hacía lo mismo lanzando un ataque con 6 portaaviones?. En el mayor secreto, el comandante Minoru Genda planeó el ataque que sería llevado a cabo el famoso 7 de diciembre de 1941. Sin embargo, lo que los japoneses no sabían es que los norteamericanos ya conocían sus intenciones con todo detalle.

A mediados de 1941, los servicios secretos norteamericanos habían conseguido un logro épico: habían logrado descifrar las claves secretas japonesas, con lo que todas las comunicaciones niponas ultrasecretas eran descifradas, traducidas y entregadas en Washington, en ocasiones antes incluso de que sus destinatarios japoneses pudieran leerlas.

El plan de Yamamoto era 1) declarar la guerra el 7 de diciembre y 2) una hora después atacar Pearl Harbor hundiendo la flota allí anclada. Sobre todo los portaaviones, ya que Yamamoto sabía que la era de los acorazados ya había pasado y que el objetivo primordial del ataque debían ser los portaaviones a toda costa. Yamamoto advirtió que sólo autorizaría el ataque si la declaración de guerra era entregada antes a los norteamericanos.

En la amanecida del 7 de diciembre de 1941, los aviones nipones despegaron de las cubiertas de los 6 kokubokan (portaaviones) japoneses de la escuadra del almirante Nagumo, bombardearon Pearl harbor, destruyeron la inmensa mayoría de los aviones allí estacionados y hundieron a todos los acorazados...

...Pero el ataque, que fue un éxito táctico, resultó un fracaso estratégico...

 

Un error japonés impidió que la declaración de guerra llegara antes que el ataque, con lo que el ataque fue "a traición". La "derrota honorable" que Yamamoto pretendía se convirtió en una "puñalada por la espalda". El temor que el almirante nipón había pretendido llevar al pueblo americano se convirtió en ira. Era precisamente lo que Roosevelt necesitaba. Yamamoto había caído en la trampa. Además, poco antes del ataque, los portaaviones norteamericanos anclados en Pearl Harbor recibieron la orden de salir inmediatamente rumbo a Midway junto con toda su escolta de cruceros, destructores y naves de aprovisionamiento. Así, los japoneses consiguieron hundir una escuadra de inútiles y obsoletos acorazados de la I GM. Nada más.

El comandante Fuchida, el hombre que lideró el ataque, nada más apontar sobre la cubierta del AKAGI, pidió un nuevo ataque dirigido contra los portaaviones enemigos y pidió que los depósitos de combustible de Pearl Harbor, que habían quedado intactos, fueran destruidos. El almirante Yamaguchi, un excelente táctico, apoyó esta petición, pero el almirante Nagumo, hombre conservador en extremo, se negó y se retiró hacia Japón mientras Yamaguchi, Genda y Fuchida sentían que la victoria no lo era tanto.

 

 

La situación de la US Navy tras Pearl Harbor no era nada envidiable. Sin acorazados (tampoco los necesitaban), con menos y peores portaaviones que el enemigo y con la sicosis de Pearl Harbor rondando su abatida moral, enfrentados a la mejor marina del mundo en aquellos días, no es de extrañar que la euforia se desatara en Japón. La aviación japonesa había hundido al PRINCE OF WALES y al REPULSE británicos, estúpidamente enviados por Churchill a Singapur sin escolta aérea. Decididamente, la era del acorazado había muerto ya. La escuadra de Nagumo, tras recibir honores por su victoria de Pearl Harbor, había recorrido aguas ¡hasta el Índico! donde sus kokubokan buscaron a la escuadra británica que, prudentemente, abandonó aquellas aguas a toda máquina. Nada parecía parar a la Teikoku Kaiugn en su marcha triunfal. La escuadra ADBA había sido aniquilada por las naves japonesas, enormemente superiores en el combate con torpedos con unas tripulaciones especialmente adiestradas para la guerra nocturna. Pero los norteamericanos tenían las claves, y cuando Yamamoto quiso atacar en el Mar del Coral se encontró con que su nuevo adversario, el inteligente y hábil almirante Chester Nimitz, ya había enviado allí a sus escasos portaaviones preparándole una buena trampa. Los norteamericanos perdieron el gigantesco portaaviones LEXINGTON y los japoneses uno ligero. Pero el aviso era claro. No pudieron completar su invasión de Nueva Guinea y Yamamoto planeó la invasión a Midway para forzar una batalla donde destruir los portaaviones norteamericanos y forzar la paz. Sabía ya que en los astilleros enemigos se estaban construyendo ¡131 portaaviones! y que el peso de la industria norteamericana acabaría por asfixiarle.

En Midway, Nimitz, con los mensajes secretos japoneses sobre su mesa, pudo planear una inteligente trampa que les costó a los japoneses sus 4 portaaviones. Pero a pesar de jugar con las cartas marcadas, los norteamericanos vencieron gracias a los enormes errores cometidos por Nagumo, que una vez más, no supo sacarle a sus formidables kokubokan todo su poder. En Midway los japoneses perdieron 4 portaaviones, pero perdieron también a la inmensa mayoría de sus formidables pilotos. Los japoneses pudieron construir otros portaaviones... pero no otros pilotos. En pocos minutos, Japón había perdido la supremacía aérea sobre el mar. Y con ello la guerra.

 

Tras Midway, los norteamericanos desembarcaron en Guadalcanal dispuestos a iniciar la reconquista del Pacífico. Nada más conocer el desembarco el vicealmirante Gunichi Mikawa, comandante de la 8ª escuadra, tomó la decisión de enfrentarse a los norteamericanos aún sabiendo que no podría contar con apoyo aéreo. La idea de Mikawa era atacar los transportes que estaban desembarcando tropas y pertrechos en Guadalcanal. Con el aeródromo de la isla, el famoso Henderson Field, en manos norteamericanas y sus portaaviones rondando por allí durante el día, el dominio aéreo de la zona era netamente estadounidense, por ello, Mikawa, que era un marino de excepcional valor y arrojo pero no un suicida, planeó entrar en el radio de acción de los aviones enemigos durante la noche, cuando no pudieran atacarle, con todos sus cruceros y destructores, buscar a la escuadra norteamericana que vigilaba de noche y exterminarla en un ataque nocturno fulminante. Mikawa sabía que las naves enemigas montaban radares, de los que sus naves carecían, pero aún así se arriesgó, confiando en la superioridad de sus hombres y naves en combates con torpedo y al cañón. Integraban su escuadra los cruceros pesados CHOKAI (buque insignia), AOBA, KAKO, KINUGASA y FURUTAKA con los cruceros ligeros TENRYU y YUBARI y el destructor YUNAGI. A las 6000 del 8 de agosto, Mikawa lanzó los hidroaviones de sus cruceros para reconocer las inmediaciones de Guadalcanal. Sus aviones señalaron la presencia de un acorazado, varios cruceros y destructores y transportes, pero no descubrieron a los portaaviones que se mantenían bien ocultos al sur de la isla. Mikawa envió entonces un mensaje al cuartel general en Rabaul pidiendo información, pero allí nada sabían. Cualquier marino prudente hubiera dado marcha atrás ante la letal amenaza de los indetectados portaaviones, pero Mikawa decidió seguir adelante con arrojo. En las estaciones de radio de las naves se captaban perfectamente los mensajes entre los portaaviones norteamericanos. En cualquier momento podían aparecer en el despejado cielo las mortíferas escuadrillas enemigas ante las que no había defensa posible, pero el valeroso almirante nipón no se arredró y continuó navegando dispuesto a cumplir con su deber.

A las 1840 cayó la anochecida sobre las valientes naves niponas que marchaban a pecho descubierto sin escolta aérea y Mikawa reveló sus intenciones a los capitanes de sus 8 naves por semáforo luminoso para evitar usar la delatora radio: "Entraremos por el sur de Savo y torpedearemos en Guadalcanal a la fuerza enemiga más importante. Seguidamente nos dirigiremos hacia Tulagi para atacar con torpedos y al cañón, después de lo cual nos retiraremos por el norte de Savo. Inmediatamente comenzaron los preparativos en las naves. Se arrojaron por la borda los bidones de reserva de gasolina de los hidroaviones para evitar accidentes y también las cargas antisubmarinas y se izaron grandes gallardetes blancos en los palos para que las naves niponas fueran fácilmente reconocibles y evitar el temido "fuego amigo". Mikawa envió entonces a los hombres de sus 8 naves el siguiente mensaje: " Conforme a las mejores tradiciones de la Armada Imperial destruiremos al enemigo en una batalla nocturna. Espero que cada cual cumpla con su deber.

A las 2330 del 8 de agosto se catapultaron de nuevo los hidroaviones de los cruceros que sobre Guadalcanal informaron de la presencia de naves enemigas, pero no pudieron localizar a los portaaviones. Aún estaba tiempo de dar marcha atrás y retirarse, pero en vez de eso ordenó aumentar la velocidad a 26 nudos.

A las 2400 Mikawa ordenó zafarrancho de combate mientras las naves se ponían a régimen de 28 nudos. A velocidad de combate, de pie sobre el puente de su nave insignia, Mikawa avistó la isla de Savo, abierta 20º por la amura de babor del CHOKAI. Estaba a punto de entrar en la Historia por esa puerta reservada sólo a los más grandes. A los que no dudan de su capacidad y del esfuerzo de los que le siguen.

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El almirante Gunichi Mikawa, brillante artífice de la victoria japonesa en la batalla de la isla de Savo. La mayor derrota sufrida jamás por la Marina de los Estados Unidos.

Apenas 3 minutos después, uno de los serviolas gritó "¡Un buque, 30º por estribor, aproximándose!". Todos los prismáticos del puente apuntaron en la dirección cantada y pudieron ver la borrosa silueta de un destructor norteamericano que vigilaba la entrada a la rada a más de 10.000 metros de distancia. Inmediatamente, todos los cañones de las 8 naves apuntaron al confiado destructor, pero Mikawa, desafiando una vez más a todo lo que en el mar puede ser desafiado no ordenó abrir el fuego. En ese momento se avistó a otro destructor enemigo. Con pasmosa sangre fría esperó a que las naves enemigas cambiaran de rumbo para poder adentrarse en la ratonera de Savo sin ser detectado. Sabía que los marinos norteamericanos no habían sido adiestrados para el combate nocturno y que sus serviolas no habían sido entrenados para descubrir naves enemigas en una noche cerrada. Además, Mikawa había maniobrado para navegar lo más cerca de la costa posible, con lo que los ecos de sus naves en los radares enemigos se confundían con ésta. A la 0130 Mikawa dio la orden de ataque, aumentó a 30 nudos y dejó al destructor YUNAGI vigilando el paso para impedir que los destructores enemigos le atacaran por la espalda. Inmediatamente aparecieron las moles negruzcas de 3 cruceros norteamericanos navegando a babor a 8.000 metros. En ese momento, los hidroaviones japoneses lanzaron bengalas sobre las naves norteamericanas convirtiendo la noche en día. "¡Torpedos de estribor, fuego!" ordenó el capitán del CHOKAI e inmediatamente los terroríficos peces metálicos nipones de 610 mm, 3 toneladas de peso y propulsados por oxígeno saltaron al agua. Inmediatamente las demás naves niponas enviaron a Mikawa la señal de "torpedos lanzados". Eran las 0137 horas.

El primero en ser desventrado fue el crucero CAMBERRA a las 0144, al que tras los 2 torpedos recibidos le llovieron 24 impactos que lo dejaron al garete, sin propulsión, lleno de muertos y heridos, ardiendo por los cuatro costados y con una escora a babor de 10º.

El Chicago, que antes del lanzamiento había avistado "sombras sospechosas" y estaba alertado, pudo esquivar los primeros torpedos al ver su estela, pero uno de ellos le alcanzó a las 0147 reventándole la proa y después un impacto de 203 mm.

Las naves japonesas, que aún no habían recibido ni un sólo disparo enemigo, continuaron su cacería a toda máquina hacia el corazón de la rada dejando atrás a los dos cruceros enemigos envueltos en llamas. A las 0150, el CHOKAI encendió sus grandes proyectores de arco envolviendo a las sorprendidas naves norteamericanas en un cegador haz de luz al que pronto se sumaron los demás buques nipones. Desde 7.500 metros, los japoneses lanzaron de nuevo sus torpedos mientras rompían el fuego con todas sus piezas sobre las inermes naves enemigas. Dos minutos más tarde, la segunda salva del CHOKAI centró al crucero pesado ASTORIA convirtiéndolo en un infierno flotante en el que murieron 216 hombres, incluido su capitán y resultaron heridos 186. Esta nave fue la primera en abrir fuego contra las naves de Mikawa y la última en dejar de hacerlo.

La confusión era tal que los comandantes de algunas naves norteamericanas estaban convencidos de que se estaban cañoneando entre ellos por error, ya que aún no eran capaces de asimilar que toda una escuadra de cruceros japoneses se estuviera paseando por aquella rada. A ello contribuyó el que los proyectiles japoneses, como los norteamericanos, llevasen colorantes para que cada nave pudiera identificar rápidamente sus disparos gracias a los enormes piques de agua y espuma coloreada que levantaban las explosiones en el agua y que a la luz de los reflectores eran perfectamente visibles, por lo que muchos marinos norteamericanos creyeron hasta el final que estaban siendo cañoneados por error por sus propios compañeros. El propio capitán del crucero pesado VINCENNES pidió por radio ¡al crucero nipón KAKO que apagara sus reflectores! a lo que el crucero japonés contestó con una salva de artillería que le destrozó las superestructuras. Ahora eran sus propias llamas las que iluminaban al desventurado crucero y los japoneses apagaron sus proyectores mientras machacaban por completo al desventurado crucero que era alcanzado también por 2 torpedos. A las 0215 los buques nipones se alejaron del VINCENNES convertido en una antorcha con 332 muertos y 258 heridos.

Ahora le llegó el turno al crucero QUINCY que no tuvo tiempo ni de mover sus torres triples de 203 mm antes de recibir la visita del infierno en forma de huracán de fuego y metralla. A las 0235 fallecía su comandante, reventado por la metralla nipona mientras la nave se hundía, envuelta en llamas, llevándose al fondo a 370 muertos y dejando 186 heridos sobre el mar. Poco después se hundía el VINCENNES.

A las 0223, Mikawa, tras consultar con su estado mayor, decidió retirarse de Savo sin atacar los transportes.

Su decisión fue muy criticada por sus superiores y aún hoy es parte de la polémica que nos acompaña a todos los amantes del mar. Como vuelvo a repetir, Mikawa era un hombre de enorme valor y arrojo, pero no un suicida. sabía que si ponía rumbo al sur para atacar a los transportes no tendría luego tiempo de salir del radio de acción de los aviones norteamericanos antes de la amanecida. Tenía sus 8 naves intactas y no quería que tras aquella tremenda victoria se fueran también al fondo por atacar a unos transportes, así que se retiró.

En 1957, este formidable marino volvió a reafirmarse públicamente en su decisión. "Ninguno de los que la criticaron estaban allí". Dijo con gran acierto.

Las 8 naves de Mikawa dispararon aquella noche 61 torpedos y más de 1.700 proyectiles contra las naves norteamericanas, hundiendo 4 cruceros pesados y causando 1.023 muertos y 709 heridos.

Los japoneses tuvieron apenas una docena de muertos y heridos y ninguna de sus naves resultó averiada de consideración.

Desde aquella noche trágica, los norteamericanos bautizaron aquella bahía como "Iron Bottom", o la bahía del Fondo de Hierro. En las siguientes semanas, decenas de miles de toneladas de naves bajarían también a aquel fondo, escenario de terribles batallas.

La superioridad industrial norteamericana volcó sobre el Pacífico recursos suficientes para acabar con tres o cuatro Teikoku kaigun. Pese al valor demostrado por los marinos nipones, el peso de la formidable tecnología les aplastó sin remedio.

La II GM terminó con la rendición condicional del Japón en agosto de 1945. para entonces, la formidable Teikoku Kaigun, la armada más poderosa del mundo en 1941, había sido barrida de las azules e inmensas aguas del Pacífico por la abrumadora superioridad industrial y tecnológica de los EEUU. Sin embargo, el valor demostrado por sus hombres y la capacidad combativa de sus naves consiguieron que Japón pudiera resistir hasta agosto de 1945, siendo necesario desatar el doble holocausto nuclear para doblegarlo al fin.

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